
Todo empezó cuando nos alimentaron por primera vez, desde ese momento creamos la asociación entre alimentación, protección, seguridad, afecto y tranquilidad; en fin, toda una serie de emociones que hasta el día de hoy nos empujan a comer de forma inconsciente. Descubrí en este blog si sos un comedor emocional y qué podés hacer al respecto.
Te ha pasado que al llegar a casa después de un día pesado de trabajo, te vas a la alacena en piloto automático y abrís un paquete de snacks o golosinas, para ir picando mientras preparás tu cena, sin darte cuenta se acaba el paquete, y pensás que cada día le agregan menos cantidad a estos productos. Ahora ubícate en esta otra situación: has hecho la entrega de un proyecto en el que venís trabajando desde hace varias semanas, que te ha tenido durmiendo poco y con estrés al tope, todo salió muy bien. Al salir de la oficina decidís ir a “celebrar” y te vas a tu restaurante favorito, al salir del lugar hasta te cuesta respirar por la comilona que has tenido, el botón del pantalón va abierto y la faja en una o dos perforaciones más abierta de lo acostumbrado, te autojustificás diciéndote “me lo merezco, he trabajado mucho”. En ambas situaciones estoy describiendo el actuar de un comedor emocional.
Si estas situaciones te son familiares, esto es para vos.
Partamos del hecho de que la comida es comida, no es un castigo o un premio, ni un bálsamo emocional. Los alimentos son para satisfacer la necesidad fisiológica del hambre, que es la señal que nos envía nuestro sabio cuerpo para recordarnos que debemos nutrirlo en cada oportunidad posible, no es simplemente comer por quitarnos el hambre sino nutrirnos.
Es necesario tener consciencia de las situaciones que detonan la ingesta emocional. Junto con mis pacientes he descubierto que pueden ser emociones que van desde la preocupación, frustración, enojo, hasta la felicidad. Una vez identificada la emoción, podrás tener un mejor control de la situación y que no suceda lo contrario, que la situación te controle y terminés comiendo una mayor cantidad de alimentos de los que necesitaba tu cuerpo, contribuyendo a los kilitos de más que ya has ido acumulando.
Cuando se es comedor emocional se encuentra solución al mejorar el manejo de las emociones, permitiéndose sentirlas y expresarlas de forma acertiva, dejando de reprimirse cada vez que surja dicha emoción, por ejemplo conversar de lo que sentís con una persona de tu confianza o si lo preferís también podés escribir tus emociones, servirá como un desahogo.
Mantenerte activo será de gran ayuda, no solo porque aumenta la cantidad de calorías gastadas, sino también porque al ejercitarnos liberamos hormonas que nos hacen sentir tranquilos, y así tendrás un mejor manejo de las situaciones que te estresan.
La ingesta de un comedor emocional no es el problema en sí, es más bien el síntoma de otra condición que ha arrastrado a lo largo de muchos años, para ello se requiere acompañamiento profesional que le brinde herramientas para mejorar su inteligencia emocional. De este modo logrará cambiar su actitud frente a la comida, entendiendo que no debe recurrir a ella cada vez que su zona de confort se vea amenazada. Si has notado este comportamiento en una persona cercana o en vos mismo, no te sintás mal, es más frecuente de lo que te imaginás y lo más importante es que tiene solución, siempre y cuando tengás la convicción de querer mejorarlo.
Si querés obtener más información sobre este tema podés escribirme a meli_uavalos@hotmail.com o al teléfono (506) 8896-2455
